estado de gracia

Yo, Beatriz, soy quien te hace caminar; Vengo del sitio al que volver deseo; Amor me mueve, amor me lleva a hablarte. [dante alighieri]

¿Recuerdas esos planetas alineados? ¿los números cabalísticos? ¿recuerdas que dije que no volvería suceder? ¿tienes por ahí esa carta donde decía que no hacía otra cosa que volver a ti, como el mar que una y otra vez vuelve a la orilla? ¿recuerdas que dije que no volvería a habitar ese ese espacio intermedio entre el hombre y dios? ¿que no tocaría ni con los dedos la elevada conciencia de que el universo todo se mantiene unido por esos trazos de amor y silencio? ¿recuerdas?
Hoy declaro haberme equivocado, estoy dispuesta nuevamente a que suceda la maravilla
Hace frío, en medio de la plaza un niño insiste en columpiarse a pesar de todo, no hay mucho tiempo, tiene que correr, a la farmacia primero, al almacén después: “una coca cola light, se la pago luego”. Apenas una hora para disfrutar de las maravillosas lolas de Lola. Mientras sube al auto que hiede a cigarrillos viejos, piensa que su vida pudo haber sido distinta: una consultora, un jardín, una casa en la playa. Podría haber tenido más de haber querido, pero no quiso, finalmente se alegra de no haberse sometido como esos débiles renacuajos que pasan horas y horas tras el escritorio. Estuvo bien, se dice. Todavía tiene un auto, el pequeño departamento y sus hijos. Fin de semana por medio, todavía tiene a sus hijos. Echa a andar la maquina pensando en lo bien que va estar en unos minutos más. Llama a su ex mujer, le pregunta algo vago, ella le contesta algo tranquilizador. Llama a su madre y entre risas hablan del sábado subsiguiente, le pide algo, como un favor. Quiere contarle a Javier sobre los dones de Lola, pero el tiempo se le acaba. Baja del auto y saca las llaves, prueba una y otra hasta dar con la correcta, se anima un poco más, aunque apenas puede con las escaleras, jadeando llega al cuarto piso y abre la puerta de par en par, por fin está en casa y las lolas de Lola saludándolo, le hacen sentir que todo está bien. Mientras observa como hipnotizado esa empinada y turgente forma de las siliconas, se dice a sí mismo que estuvo bien. Podría haber tenido más de haber querido, pero no quiso, finalmente se alegra por ello, las lolas de Lola siguen siendo un gran, gran pemio.

Cuando leo tus letras brillando en mi pantalla a las tres y algo de la madrugada, agradeciéndome lo que nunca hice, por cierto -más bien algo que hice sin querer, escribirte unas letras como diciendo estoy aquí-antes que entraras a que te abrieran el alma para decirte que no hay esperanza, cuando te leo, estoy segura que no soy más que una molécula de mí, leyendo en el espacio infinito de la incertidumbre. No puedo no llorar, largar las lágrimas como cataratas enrabiadas de saber que siempre fuiste tan bella y dulce, que acunaste al amor de mi vida con esos ojos casi transparentes -y luego de cuerpo entero- en los pasillos de la clínica fría y absurda donde fue a morir. Y ahora tu, sentada frente al computador dejándonos unas líneas tiernas tan llenas de cuidado que duele. Ahora tu también, caminando esos pasillos, quizás los mismos de los que te hablaba y otros son los que están rezando por ti, haciendo cadenas inacabables rebasadas de voluntad y amor. Tengo miedo, miedo por ti, pero también miedo de ser yo, miedo de lo ininteligible de lo inenarrable, de ser apenas una línea en el agua, un último respiro, el tiempo que va de parpadeo en parpadeo.
